Artistas guayaquileños que convierten la ciudad en materia prima de su jazz
Músicos de Guayaquil encuentran en el ruido del Malecón, el calor del puerto y la memoria del río Guayas el pulso que nutre su creación. Una mirada a cómo la urbe se transforma en riff, en groove y en letra.
Vamos por partes. Cuando un artista dice que “se inspira en su ciudad”, suele quedar en la frase de prensa. En Guayaquil, sin embargo, esa declaración tiene peso concreto: el puerto, el río, el tráfico, el salitre y la humedad se filtran en las composiciones de varios músicos que hoy están marcando la escena jazzística ecuatoriana.
El saxofonista y compositor Nicolás Alarcón lo explica sin romanticismos: “El Malecón no es un decorado, es un ritmo irregular. Hay barcos que suenan, gente que discute, vendedores que gritan. Todo eso termina metiéndose en el fraseo”. Su último disco, grabado en un estudio improvisado cerca del Cerro Santa Ana, incluye un tema titulado “Salitre” donde el piano imita el vaivén de las mareas y el saxo reproduce el grito de los vendedores ambulantes.
Algo similar ocurre con la pianista y arregladora María José Vera, integrante del colectivo Guayaquil Jazz Lab. Sus piezas suelen partir de grabaciones de campo: el motor de una lancha del ferry, el pregón de un vendedor de lotería o el bullicio de la calle 9 de Octubre un sábado a la noche. Luego esos sonidos se convierten en ostinatos o en estructuras rítmicas que sostienen solos más libres. “No quiero que suene folclórico, quiero que suene como Guayaquil: desordenado pero con swing”, dice Vera.
El baterista Jorge “El Pulpo” Mendoza lleva la cosa todavía más lejos. Su proyecto “Río Adentro” es una suite de casi cuarenta minutos donde cada movimiento lleva el nombre de un barrio o un lugar específico de la ciudad: Las Peñas, Malecón, Parque Centenario, La Playita. Mendoza no solo usa el paisaje sonoro; también incorpora percusión construida con objetos encontrados en el puerto: latas de aceite, boyas, pedazos de madera de muelle.
Lo interesante es que ninguno de estos artistas cae en el pintoresquismo fácil. El jazz que producen no es “jazz con sabor local” para turista. Es jazz contemporáneo que tiene como punto de partida la experiencia urbana de una ciudad portuaria caliente, caótica y contradictoria. Hay influencias de Wayne Shorter y de Brad Mehldau, sí, pero también de la timba cubana que se escucha en los buses y de las bandas de salsa que todavía tocan en los clubes del centro.
Este enfoque está generando un pequeño pero visible movimiento. En los últimos dos años se multiplicaron los ciclos de jazz en espacios no convencionales: rooftops sobre el Malecón, patios de casas antiguas en Las Peñas y hasta un barco anclado que funciona como sala de conciertos flotante. El público ya no es solo el clásico aficionado al jazz; se suman jóvenes que antes solo escuchaban música urbana y que ahora encuentran en estas propuestas una forma de redescubrir su propia ciudad.
Dicho esto, seamos justos: todavía falta mucho. La escena guayaquileña sigue siendo frágil, depende de patrocinios privados y de la voluntad de unos pocos. No hay un festival consolidado de jazz en la ciudad y la formación académica es limitada. Pero lo que sí hay es una camada de músicos que entendió algo clave: no hace falta irse a Nueva York o a Europa para encontrar material. El material está afuera, en el calor que no afloja, en el olor a pescado frito, en el bocinazo de las motos y en la luz que se refleja en el Guayas al atardecer.
Eso que suena desordenado y ruidoso es, precisamente, lo que está dando forma a un jazz que ya no se parece a ningún otro. Y que, por eso mismo, vale la pena escuchar.